Friday, July 15, 2016

El último disco de la historia

El último disco de la historia.
Ensayo
Jorge E. González Ayala

Desde su aparición el disco tuvo enorme repercusión en la sociedad. La capacidad de escuchar a placer música, en donde sea, nos ha permitido trasladar ese placer con nosotros como un acompañante permanente en nuestra vida. De tal manera que la música grabada esta presente desde nuestros momentos más memorables hasta el día a día cotidiano, tan así, que llegamos a llamarle el soundtrack de nuestras vidas al conjunto de canciones que creemos representativas de los años vividos.
La música presente a lo largo de la historia de la humanidad, pasó a interpretarse y representarse en un objeto llamado disco. Ni Bach, ni Mozart o Bethoveen los conocieron ni necesitaron de ellos, pero es a partir de su aparición que su música se hizo accesible sin necesidad de presenciar a los intérpretes en vivo. Pensemos sólo como ejemplo, cuántas personas habrán podido escuchar La Flauta Mágica antes de la aparición del disco, no más de un par de miles.
Daniel Cosío Villegas cuenta en sus memorias, que afuera de su casa en la colonia San José Insurgentes, se estacionaba la sombra de una figura cuando en el moderno modular estereofónico ponía a sonar la sinfonías de Bethoveen que su trabajo como diplomático le había permitido adquirir en Nueva York. Esa sombra era Julián Carrillo, creador del sonido 13 y primer director en dirigir las nueve sinfonías durante los festejos de nuestro primer centenario de Independencia. Imagínense la sorpresa y regocijo de poder escucharlas de otro director. La única vez que lo había hecho fue bajo su propia batuta. Así de gigantesco era el paso de la tecnología y el progreso.

Así el disco cambió nuestra forma de consumir y escuchar la música, más para bien que para mal. Tan así, que con el tiempo los hubo tan influyentes, que marcaron no sólo vidas, sino épocas completas y a la sociedad en su conjunto.

Son miles los discos que han cambiado la vida de millones de personas de diferentes nacionalidades, razas y credos.  Y unos cientos los que han cambiado el rumbo de la música y dejado huella indeleble en su tiempo y en la sociedad. Sgt. Pepper de los Beatles, Kind of Blue de Miles Davis, Thriller de Michael Jackson, The Dark Side of the Moon de Pink Floyd, revolucionaron en su momento la forma de hacer y grabar música así como la forma que las personas comunes y corrientes la escuchaban y permitía que esta influyera directamente en su forma de pensar, sentir y finalmente vivir.

Hubo discos que nos cambiaban la vida. ¿Cuál fue el último que nos la cambio?

Ahora que incluso la venta de descargas de mp3 que tan orgulloso mostraba Steve Jobs en su revolucionaria i pod, han venido a menos por los servicios de streaming musical, los discos empiezan a realizar su despedida del mercado. Apenas cien años de historia, prácticamente marcaron el siglo XX. Las nuevas generaciones buscarán la música dentro de un Aleph que la contiene toda en algo tan abstracto como el Internet o las nubes virtuales. Ahí vivirá ahora casi toda la música grabada, discos o no discos. Serán canciones las que prevalezcan sobre las obras completas de doce temas, el triunfo del sencillo sobre el conjunto. No habrá más discos trascendentes. El último si acaso, será el postrero del genio que predijo que algún día se consumiría la música como un servicio más, así como la electricidad, el agua o la televisión de paga. El hombre que se benefició del capitalismo y la especulación cotizando su catalogo en la bolsa de valores. Es Blackstar, el último disco que grabó David Bowie, el último disco de la historia. El que pone punto final no sólo la obra del polifacético compositor, sino a la del disco mismo. Bowie sabía que era él último que grababa, que su vida junto con la de los discos llegaba a su fin al mismo tiempo. Una pieza perfecta, entre el jazz, el rock, el avant garde y la música pop, lanzada inmediatamente tras su muerte. Un disco que no se puede dejar de escuchar, que toca las fibras más íntimas del escucha absorto en los sonidos del genio que sabe que se escucharán tras pasar a mejor vida. Muerto, Bowie lanzó el último disco de la historia, el último verdaderamente trascendente.


El último disco de la historia.
Cuento
Jorge E. González Ayala

Pau ese día se sentía frustrada, harta. Lo suficiente para no contestar las llamadas del celular, no checar sus correos electrónicos, su cuenta de Twitter o revisar las dos que tiene en FB. Tiene dos porque una es la personal para estar en contacto con sus amigos y conocidos más allá del mundo virtual y la segunda es la cuenta que tiene como figura pública por su trabajo como dj.
Pau ama la música desde que se acuerda, desde el primer instante que escuchó muy pequeña a The Who en el tocadiscos de su mamá. La madre viuda, Pau hija única, en la pequeña casa de San Fernando la música era un elemento sustancial del micro habitat madre e hija. Sin tenerlo claro todavía, el destino de Pau sería consagrado a la música.
Muchos años después estudiando diseño en una universidad privada, Pau se enteró de la estación de radio dónde los estudiantes de comunicación hacían sus prácticas traspasaría los muros del plantel para vía kilohertz alcanzar prácticamente todos los hogares del Distrito Federal. Los jesuitas dueños de la escuela parte estrategia, parte educación, parte política, habían invertido suficiente dinero para convertir en radio pública, lo que sea que signifique, una estación, hasta ese momento de corte puramente escolar.
Pau tenía claro que sin que nadie se lo enseñara, después de escuchar música, el mayor placer del melómano es hablar de música. Tras noches leyendo sobre teoría cromática y entregando trabajos que competían con veinteañeros ambiciosos de ser directivos creativos en las agencias de publicidad, el micrófono de la estación de radio era un canto de sirenas.
Pero la primera lección que le daría a Pau el mundo de la música es que había que pagar derecho de piso. Eran muchos los que deseaban la oportunidad del micrófono y los pocos que contaban el espacio “al aire”, estaban muy poco dispuestos a ceder un mínimo de territorio a voces nuevas.
En pocas palabras, no era nomás de decir “ya llegué”. Habría que buscar las rutas entre los diferentes aspirantes a locutores para llegar a la anhelada meta.
Si bien los varones tenían esas opciones de corte entre “técnico” y  “nerd”, de aplicar atrás de las consolas y las computadoras como asistentes de audio, a las chicas les quedaba el consabido deber de atender el teléfono y poner a funcionar la cafetera, cuando no, a sacar fotocopias, encargar las pizzas y ayudar a llenar las diversas formas burocráticas que requería la estación.
No era realmente siquiera cercano a sus expectativas, pero sus deseos eran mayores que su rabia cada vez que le pedían hacer un mandado estúpido que no quería llevar a cabo.
Así que disciplinarse en decir “si señor” y poner su mejor sonrisa brindó frutos mientras sus calificaciones bajaban, el celo de la estación de radio no dejaba mucho tiempo para láminas de dibujo constructivo y ensayos de Freud acerca del arte y el tabú.
Pero si las calificaciones habían bajado, sus bonos por perserverancia, y “buena actitud” en voz de la directora de la estación, le habían valido la oportunidad en el estelar horario de las 9 am…. ¡los sábados! En una estación de corte universitario donde esa hora es propia de dormir la mona tras haber sacado los demonios en el club de moda o de practicar deportes antes de tirarse a verlos en la televisión.

Eso no importaba nada. El primer día que entró a la cabina y vio el letrero luminoso que decía “al aire” prenderse, se dijo, “de aquí soy” y condujo su programa con la misma pasión que si se tratara del horario estelar de la misma BBC. Había llegado a su nuevo hogar, lejos de la casa en la privada en San Fernando, y dado su primer paso en aquel mundo misterioso que tanto la atraía, la música.
Pau no paraba ese día, hablaba, saludaba, compartía la música y lo que sabía de música. Desde The Clash y Joy Division hasta Daft Punk. Pau era una enciclopedia musical de cabellos pintados de rojo.
Pau era guapa, pero no le importaba, era talentosa pero nos valagoriaba de ello.
Pau era el tipo de chava que odian las otra chavas.
Y también la odiaban los compañeritos gays de la estación.
Iba a contracorriente, porque incluso en una estación universitaria, dar la propia opinión está mal visto.
Y Pau opinaba, frente y atrás del micrófono.
Ganado su espacio más que defenderlo, lo hacia respetar.
Dignidad era su lema.
Música libre de culpas.
Eso era lo que hacía Pau.

Hasta que un día cumplió treinta años y se dio cuenta que no le gustaba su trabajo, lleno de arribistas y trepadores. También que  ya no podía sostener su relación de pareja. Ella seguía jugando a la casita mientras él quería comprar una camioneta, casarse y procrear.

Pau, se pintó el pelo de morado.
Salió a la calle y lloró.
Lloró mucho, a mares.
Lloró por su madre primero divorciada y luego viuda que la crió como hija única.
Llóró porque su novio la amaba con toda el alma, pero ella no.

Lloró porque un día se compraron una camioneta y ella se dio cuenta que no quería llenarla de hijos.

Loró.
Y se prendió un toque de mota.

Y escuchó a David Bowie, que muriendo de cáncer grabó blackstar.


Pau, supo que iba a estar bien.

Wednesday, April 20, 2016

Somos lo que comemos y a eso sabemos.

Somos lo que comemos y a eso sabemos.
Por Jorge E. González Ayala

Uno de los conocimientos adquiridos por mi afición a la comida es que los seres vivos que ingerimos contienen el sabor de aquello de lo que se alimentan. Así los vinos del Valle de Guadalupe tan de moda en estos días, llevan a nuestro paladar los minerales del norte de nuestro país, incluso un diminuto alacrán se coló alguna vez en mi copa. Las diversas variedades de hongos llevaran los sulfitos de la tierra húmeda de los bosques. Las ostras de ensenada el plancton de sus mares. No sabe igual un langostino de los mares del pacífico que los del mediterráneo. Al sur de España, puede darse uno el gusto de pedir un plato de mariscos mitad del mar mediterráneo mitad del océano Atlántico y encontrar las diferencias. Sin irnos de la península Ibérica, el contraste entre los codiciados jamones es precisamente la dieta del cerdo aunado a su raza. Aquellos que a lo largo de un año comen bellotas recién caídas en el bosque, adquieren un sabor graso y a pino. Qué decir de la carne Kobe de Japón, donde además de la cuidadosa selección vacuna (se puede consultar incluso el árbol genealógico del establo), los extremos cuidados al ganado que posee la denominación de origen, incluyen una dieta más cuidada que la de la Reina Isabel.
Así, pues todo sabe a lo que se come, incluyéndonos. Alguna vez amable lector, se ha preguntado, ¿a qué sabe usted y cuál sería la mejor receta para ser cocinado? Si uno sabe dependiendo a la dieta diaria, qué podríamos esperar de un pedazo de nosotros mismos. Ahí entra también en juego nuestra fisonomía. ¿Tiene uno suficiente pierna para hacernos jamón? O tal vez preferimos hornearnos en finas yerbas, o de plano que nos hagan caldo.
¿Cuál sería el sabor de un chilango promedio? Si nos empaquetaran y degustaran de manera similar a los jamones ibéricos, por ejemplo. Pongamos tal vez el chilango denominación Godinez fuera aquella de precio más accesible, y posible de adquirir en cualquier supermercado. ¿A qué sabe Godinez? Pongamos a un imaginario gourmet antropófago a degustar esta carne.
De olor, iniciaría su cata, es fuerte, producto de la alta densidad de contaminación en la Ciudad de México, resaltan notas de sal adquiridas en los apretujamientos del transporte público. La carne de Godinez es rica en grasa alrededor, con un marmoleo muy pobre debido a su escasa actividad física, generalmente crece sentado en bancas alineadas hasta su vida adulta en la que se le engorda en escritorios también alineados. Sin embargo esta carne un sabor a tortilla de Maseca, fuerte sabor a puerco frito, res y notas de cebolla, cilantro y chile verde.
En el mismo supermercado se puede apreciar la DO (que así se abrevia la denominación de origen) Chica Condechi. Esta carne es blanda e insípida, eso sí completamente orgánica. Se extrae únicamente de jóvenes de las colonias Roma y Condesa, alimentadas desde pequeñas con leche de almendra, vegetales y carne orgánica de la más alta calidad. En vida se le somete a ejercicios adecuados para distribuir la grasa entre los tejidos musculares logrando un sutil marmoleo. Es muy importante sacrificar a la chica en cuestión a una edad lo suficientemente temprana para evitar que su carne se vuelva rígida por el ejercicio y amarga por el paso de los años. De la Chica Condechi existe la variedad 100% vegana, que por desabrida y aburrida evitaremos reseñar.
De moda en los restaurantes que marcan tendencia compiten dos carnes cuya calidad todavía se discute entre los expertos. La Mirrey, con fuertes aromas a fragancias europea, su sabor se debate entre la hamburguesa americana y la ginebra con pepino. Dicen los que saben, que sus sabores emanan mal gusto propio del gourmet villamelón y con poco conocimiento de causa. La otra tendencia es la carne de Hipster, suele buscarse orgánica, aunque existen en el mercado diversas variedades e imitaciones. La carne Hipster, como los percebes, es un gusto adquirido, se dice que es una carne de sabores sofisticados, con una enorme cantidad de notas que van del cardamomo, las auténticas ribs americanas, tacos de El Parnita y cerveza artesanal. Uno de los inconvenientes de los que apenas se adentran a sus sabores es la frecuente aparición de pelos en el platillo, con la consecuente cara de asquito.
La Ciudad de México es una fuente inacabable de denominaciones. No sabrá igual la carne de Mariachi timbero de la plaza de Garibaldi que la de un trajinero de Xochimilco. Los matices que ofrecen las periferias van de jugosas carnes Villa Copa de sabores sencillos pero efectivos, ideales para domingos de fútbol americano. La carne Naucalpan goza de gran cantidad de aficionados en corte americano, pero acompañada de salsa verde y pico de gallo.
Políticamente incorrecta es el Niño Pobre, dura, pegada al hueso y que tiene un gusto a vísceras de pollo, notas de aceite quemado que algunos consideran exquisitas y puede servirse envueltas en menudencias y mollejas. La ética del platillo ha provocado larguísimos debates, además de que las de mala calidad suelen estar contaminadas de solventes.
En fin, si alguien me probara un lunes podría apreciar una gama de sabores fuertes y complejos como los del pozole guerrerense y los tacos al pastor servidos “con todo”, mariscos pasado por arroz, delicadas notas de azafrán y del carbón sobre el que descansó un rib eye.
Háganme un favor  marídenme con mezcal.

Buen provecho.

Wednesday, March 09, 2016

Jorge G. Castañeda Amarres Perros.

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Jorge G. Castañeda
Amarres Perros.
por
Jorge E. González Ayala

Aquellos que nacieron en una posición privilegiada no hicieron nada para merecerlo, pero a lo largo de una vida pueden tener el mérito de haber hecho algo de provecho con esos mismos privilegios. Eso fue lo que pensé tras leer la autobiografía de Jorge G. Castañeda, Amarres Perros, Alfaguara, 2014. Alguna vez miembro del partido comunista, alumno de Régis Debray, hijo de un destacado canciller de nuestro servicio exterior, canciller él mismo con Vicente Fox, columnista, opinólogo, activista por las candidaturas independientes, especialmente por la suya para la presidencia de la República.

Y si, una vida de privilegios en la que desde pequeño pudo conocer e interactuar con algunos de los personajes más importantes de la vida intelectual y política tanto de México como del mundo. En la mesa de su padre, fuera en México o en el extranjero no faltaron escritores, diplomáticos y personajes de toda índole que Jorge G. Castañeda describe de manera amena junto con la su especial percepción que le generan. Pero de lo que mejor habla Castañeda es de sí mismo. Contrario a otros ególatras, él se destaca por ser divertido y crítico, completamente honesto con su personalidad y personaje público labrado durante décadas. Desde aquel intento de ingresar al comité central del Partido Comunista Mexicano sin reunir los requisitos hasta el seguimiento que le hicieron por años los servicios de inteligencia, pasando por sus controversias con personajes como Fidel Castro.

Lo agradable de la lectura, es que el autor no oculta ni su egocentrismo, ni sus intenciones. No finge, ni pretende no desear sus objetivos. Nada más patético que esos personajes que piden los den por muertos cuando es del dominio público sus ambiciones.
Pero es también un gran observador de su entorno, sobre todo del político, analista a través de décadas en diversos frentes. Un verdadero comprometido con sus causas, no cae en el lugar común del político chapulín que salta de puesto y partido con la única motivación de la conveniencia, la sobrevivencia política y el oportunismo. No, Castañeda visita diferentes trincheras con objetivos precisos y apuestas fuertes que no pocas veces pierde. Tener razón en el momento equivocado es una de las desgracias que se reconoce.
Astuto, arriesgado, viajero insaciable, su proyecto político e intelectual esta íntimamente ligado a su persona, pero paradójicamente ha tenido repercusiones mucho más allá de los que podríamos tal vez adjudicarle o reconocer. Desde las negociaciones de paz en Centroamérica, hasta su paso como Secretario de Relaciones Exteriores en los que junto con Adolfo Aguilar Zinzer recobró algo del protagonismo que alguna vez tuvo México en el panorama internacional. Tiempo de votaciones en el Consejo de Seguridad de la ONU y de chantajes telefónicos de dictadores tropicales.
Todo esto entrelazado con una íntima y por momentos conmovedora narración de la historia de su familia, el orgullo por su herencia judía, las desavenencias personales, amistosas y amorosas. Vida de novela suena a un lugar común para describir su historia, pero no se aparta de la realidad.

Es profundo el valor que Castañeda le otorga a la amistad, incluso en personajes tan tristemente célebres como la señora Elba Esther Gordillo, a quién visita en prisión. Ya lo dice el dicho, en el hospital y en el presidio se conoce a los amigos. Admitirlo, tiene un costo político que asume sin regateos. Su relación con esa mercader de favores y poder es su mayor contradicción. Hasta qué punto el pragmatismo político permite negociar con lo más obscuro de nuestro sistema. Pragmatismo del que formaron parte los regimenes priístas que la crearon y las dos administraciones panistas que le delegaron irresponsablemente la educación del país como botín a cambio de sus favores.
Castañeda formó parte de estas alianzas, estos amarres perros que dan título al libro (mal título para tan buen texto). La idea de las posibles ventajas tal vez mitigaron la medición de los daños. Aceptarlo sin culpas puede ser tal vez lo único que salva su credibilidad en contraste con los ex presidentes que ahora guardan silencio sobre su perversa  relación con la llamada “maestra”.
El sistema electoral sigue demasiado blindado a las candidaturas independientes. Castañeda ni siquiera va arriba en las encuestas al respecto. Jaime Rodríguez el Bronco y Juan Ramón de la Fuente, encabezan las preferencias de los posibles candidatos independientes a la presidencia.
Sin embargo esta autobiografía revela a un político de peso completo, alguien con la cabeza y los pantalones para por lo menos morirse en la línea y darnos mucho que pensar. Un personaje complejo pero extrovertido, inteligente y ameno, excepcional en una clase política, acartonada, llena de formalismos y disimulos. En el futuro mucho le deberán a sus esfuerzos las candidaturas fuera de los partidos y la democracia en general.
Por mientras, Jorge G. Castañeda está de campaña, una mucho más propositiva que la de los posibles candidatos de los partidos convencionales.
En hora buena y buena suerte.

Thursday, March 03, 2016

Ya sé que no aplauden o porque no entienden que no entienden

Ya sé que no aplauden
o
porque no entienden que no entienden
Por Jorge E. González Ayala

Recientemente en The Economist se publicó una editorial respecto a la visible corrupción del sexenio actual, en que se expresa la tesis que el primer circulo alrededor del gobierno de Enrique Peña Nieto, incluyéndolo, simplemente no entiende que no entienden. Y tiene toda la razón, una variedad de factores contribuyen a este fenómeno entre los que se supondría que tendrían que ser las personas mejor informadas del país. Pero simplemente no entienden, y además no entienden que no entienden, o se hacen que no entienden.
Les parece extrañísisimo: ¿Por qué no nos aplauden? ¿Por qué les molesta que cenemos en Harold’s con viáticos de más de ocho mil pesos diarios? ¿Por qué? ¿ustedes no lo hacen? ¿No lo harían? No todos los días se puede cenar caviar en Harold’s.
¿Y por qué no entienden? Efectivamente, un mucho de ignorancia, de desconocer la realidad del país que dicen gobernar, sufren de menoridea, no tienen la menor idea de nada. La realidad no se enseña en universidades de ultraderecha ni en el IPADE. Por lo menos aquellos presidentes que pasaron por la UNAM (el último Salinas de Gortari) o el Poli (Ernesto Zedillo), pudieron conocer de primera mano a personas de otras ideologías y sectores sociales diferentes.
Estamos frente a una oligarquía que su formación no fue en aquel largo escalafón que era el servicio público durante el presidencialismo priísta. Aquel donde la discreción, lealtad y disciplina durante años era la única manera visible de ascender en la pirámide del poder. Aparte de la traición, corrupción y amarres necesarios por debajo de la mesa. El arte de no moverse para salir en la foto, como sentenciaba Fidel Velázquez, pero hacer absolutamente todo lo posible para estar en ella.
Una nueva generación de politijuniors, formados desde el interior del poder, cobijados y educados bajo sus usos y costumbres esta ahora haciéndose el estudio fotográfico. ¿Por qué no entienden que recibir regalos de un constructor al que se le otorgan contratos millonarios es un conflicto de interés que termina siendo delito? Porque eso fue lo que aprendieron en su cuna de formación política. Es lo normal desde que empezaron su carrera como secretarios de un funcionario en el Estado de México. El negocio personal y la administración pública nunca estuvo por separado. Siempre, desde sus inicios, vieron a sus jefes y padrinos políticos usar los recursos públicos como algo propio; desde helicópteros, hasta instalaciones o personal. Lo mismo con proveedores y contratistas. Siempre fueron amigos, compadres, personas que comían en casa los domingos, que invitaban a sus ranchos y propiedades en el extranjero, que regalaban viajes en aviones particulares, que mandaban costosos regalos.

Cuenta Don Julio Scherer de la habitación en la mansión de Hank González, llena de costosos regalos para las visitas que pudieran llegar, o su facilidad para regalar automóviles. Recientemente escuché a dos notarios platicando con desparpajo como un ex regente de la ciudad le había regalado a uno un Fiat. Así nomás.

Así la actual administración se extraña; ¿por qué se enojan? ¿qué hice mal? Además, por si fuera poco, nombro para investigar a Virgilio Andrade, a uno de los nuestros. ¿A quién más? Así le hacemos siempre, así nos educaron. Es lo normal.
Contrariado y extrañado, nota que el respetable no aplaude tras el anuncio.
¿Por qué no aplauden?
Puede ser la síntesis del sexenio.
No entienden que no entienden, por qué, no aplaudimos.




PD.- L@s señorit@s tan buenos para buscar causas para protestar, no inquieren sobre la raíz de la corrupta administración actual. Como diría el clásico. ¿Y Montiel cuando?


Wednesday, February 17, 2016

Miles Davis. La biografía definitiva.

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Miles Davis
La biografía definitiva
Por Jorge E. González Ayala

Publicada por Global Ryhthm en 1998 y firmada por Ian Carr. Esta autobiografía que se hace llamar “definitiva”, es un buen trabajado recuento de más de 600 páginas de la vida de uno de los músicos más influyentes e innovadores del siglo XX. En el jazz como en los toros uno nunca deja de ser villamelón. Nunca se termina de saber todo. Y con creadores del calibre de Davis con una discografía tan extensa que por si misma ha merecido libros e investigaciones completas, es aventurado decirse docto en la materia.
Impresionante, es lo que viene a la mente al leerla. Una vida dedicada a la música comparable sólo a los grandes genios que nos ha dado la humanidad. Mozart viene a la mente tanto como Shöenberg y Stockhausen, tanto por la fertilidad del primero como el nivel de innovación de los segundos.
Hijo de una familia negra de clase media, alta, de las primeras en EU, con la oportunidad de estudiar en una escuela tan prestigiosa como Juliard en Nueva York. Pero el joven Miles prefiere los arrabales de Harlem que las aulas en las que la teoría poco tienen ya que decirle.
Es ahí en las calles donde conocerá a Charlie Parker, el saxofonista que inspiró el perseguidor de Cortazar. De Charlie Parker toma la estafeta de lo que viene siendo el canon del jazz moderno.
El otro encuentro que dejaría marca para siempre en la historia del género es con John Coltrane. Desde el primer cuarteto y quinteto, los integrantes de sus agrupaciones pasaron a ser estrellas por si mismas y a generar otras agrupaciones que a su vez generaban nuevas figuras del jazz. De unos muy jóvenes, apenas veinteañeros Herbie Hanckock, Richard Max, Chick Corea o contemporáneos como Bill Evans, el mismo Coltrane, hasta Keith Jarret, Dave Holland o Marcus Miller. Párele de contar porque son decenas de los mejores músicos que dio el siglo XX bajo la implacable dirección de un hombre que sabía perfectamente lo que quería. Tan seguro de si mismo que podía en su cara espetarle a una rica invitada a la casa blanca, que él estaba ahí por haber cambiado el rumbo de la música varias veces y ella sin embargo únicamente por ser blanca y millonaria.
Y si una ventaja pueden tener los servicios streaming musical, es poder avanzar estas cientos de cuartillas escuchando las obras cuyo proceso el libro nos va contando. Tener en contexto la música en nuestros oídos mientras leemos el nutrido anecdotario de un hombre temperamental, perfeccionista dotado de la disciplina que sólo los grandes pueden complementar con la inspiración.
Ahora viene la película, el sentimiento es de temor de lo que el llamado séptimo arte le puede hacer a una figura de esta complejidad.

Little of Respect

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A little of respect.
Por Jorge E. González Ayala

No es una canción de David Bowie, pero fue lo primero que pensé cuando escuché y vi el homenaje que le hizo Lady Gaga al duque blanco en la pasada entrega de los Grammys. ¿Fue lo mejor que se le ocurrió a la academia norteamericana? ¿En serio no se podía hacer algo mejor que un numerito predecible, un supuesto recorrido, muy incompleto sobre la carrera de Bowie?
Chafa, muy chafa, como prácticamente todo en el show que representa a un mainstream musical en crisis, incapaz de reconocerse a si mismo en la música y figura de un artista, en toda la extensión de la palabra, que innovó y abrió brecha en una industria que justamente adolece de ello actualmente. El patético homenaje de Lady Gaga representa el desprecio al personaje que hizo de salir de la zona de confort una declaración de principios. Una industria que ya no tiene siquiera la  referencia de la venta de discos o por lo menos de descargas de mp3s para medir su impacto en la sociedad.
Y si por no perder rating entre los millennials prefirieron un popurrí interpretado por un personaje con mas cualidades mercadológicas que artísticas, en vez de convocar a aquellos que fueron parte de Bowie y que gozaron de su influencia y amistad. Supongo que ver a Annie Lennox o Iggy Pop hubiera sido demasiado pedir, ya no hablemos de por lo menos unas palabras de Mick Jagger, Tony Visconti o Brian Eno. No se trata de la posición de que todo tiempo anterior fue mejor, pero el presente se enriquece no sólo de honrar el pasado, sino de reconocer aquello en lo que hubo aciertos y no sólo bandazos de popularidad.
Bowie, supo enfrentarse a si mismo en cada disco para como Miles Davis, no repetirse, ni negarse. Presentarse como otro sin dejar de ser él mismo.
Incluso, siendo el primero en colocar a cotizar su catalogo en la bolsa de Nueva York, ideando nuevas formas para hacer negocio de su música, fue, muy superior a esta industria que malamente le rinde homenaje en los Grammys.

Sunday, July 07, 2013

Mis preocupaciones. Por Joge E. González Ayala

Mis preocupaciones.
Por Joge E. González Ayala

Mis preocupaciones de los veintes podrían ser mis soluciones de los cuarenta.
¿Quién no quisiera dejar la seguridad acariciada en la juventud por la irresponsabilidad extrañada en la madurez?
La nostalgia, como las partículas sub atómicas, gira en diferentes direcciones. Con lo que hoy he conseguido hubiera sido muy feliz a los veinte, hoy sólo me causa incertidumbre para mis sesenta.

Más sin embargo el recorrido ahí esta, contante y sonante y al que lo dude que busque en las banquetas en las que dejé halitos de Godinez trabajador.

¿Y ahora qué?
¿Quién soy? ¿Dónde estoy? Y ¿qué me dieron?

¿Cómo les explico a los #YoSoy132, que mi me vieron primero la cara en las asambleas los mismos que se hicieron diputados y senadores a los líderes estudiantiles de mi generación, luchando por lo mismo que les plagiaron a ustedes.

¿Cómo les explico a los chavos que cantar y hacer buenas letras en castellano fue una conquista, casi casi, revolucionaria contra el idioma del imperialismo?

¿Cómo le explico a mi chava que igual hoy cerramos y me voy al monte a escribir este texto para ustedes?

¿Cómo les explico que muchas de las cosas por las que marché, milité, me rebelé, ahora ustedes las defienden por ser “políticamente correctas”, pero en sentido contrario?

¿Hasta dónde la apuesta es correcta?

¿Hasta dónde le puedo decir al couppier que no me de más cartas?

¿Hasta dónde si pierdo la apuesta sólo me incumbe a mi?

¿Estamos jugando poker o 21?

¿A ti ya te lo dijeron?

¿Porque la diferencia entre un poker de ases y una tercia con par, es de vida o muerte?

O capaz que jugamos a la loteria.

El Borracho, la Catrina, el Nopal…. El Diablo.

Y llenando frijolitos nos podemos ir juntando para irnos a la chingada.

Bendita chingada, que sacralizó nuestro querido y amado-odiado Octavio Paz.

Madre de todos, democratizadora de algunos. Venimos, estamos y vamos, a casa de

ustedes, de ti y por su puesto, de mi.

Julio 2013

Tuesday, January 03, 2012

Mezcal

Por Jorge E. González Ayala

Para reiniciar mis actividades sobre la pantalla ahora que no se usan hojas de papel, escogí un tema con muy poca polémica, el mezcal. Ya tendré tiempo más adelante de ahondar en cosas de más ampula y jiribilla.

De tiempo para acá la gente nice y alter, ha vuelto su mirada al mezcal, otros tiempos mal visto y todavía lleno de mitos, verdades a medias y francos oportunismos, al igual que mi querido y bien amado pulque.

Empecemos diciendo que el mezcal es una bebida espirituosa. Me encanta que le digan así. Supongo que se refieren a que alimenta el espíritu, o lo eleva. Estos términos son auténticas vaciladas, así como muchos que se utilizan para describir vinos, comida e incluso piezas musicales, pero de alguna manera expresan lo que uno siente al someterse a determinadas experiencias sensoriales.

El mezcal como el tequila, es una bebida derivada del agave. Este se muele y sus jugos se fermentan para después destilarse. Del agave azul de Jalisco se hace el Tequila, pero en diversos estados de la República se utilizan otras variedades de agave para hacer mezcal. Una de las maravillas de esta bebida es que el mezcal auténticamente artesanal contiene cientos de variantes que hace de su degustación un hábito que afina el paladar y el olfato. Del tipo de mezcal, pasando por los nutrientes de la tierra y la forma en que se elabora y se almacena, o la familia que lo elabora, cada uno obtendrá cualidades específicas. Se puede usar el corazón o las puntas del agave, utilizar tinajas de concreto, madera o cobre para fermentarlo y destilarlo. Se puede almacenar en barricas de madera o en botellones de cristal. Puede dejarse reposar, añejar o ninguna de las dos y servirse joven, o pasado por pechuga. Con gusano o sin gusano. De poca graduación alcohólica o verdaderos trancazos de alcohol. Servido en jícara o en caballito. ¿Cómo lo va a querer?

Al igual que los tacos, cuando le preguntas a alguien cual es el mejor, todo mundo dice que el de su pueblo o el que le que sirven en su cantina de confianza. Yo digo que la mayoría siempre y cuando respeten los ingredientes y procesos artesanales. Hasta que se legisló la denominación de origen, circulaban muchas bebidas con alto contenido de alcohol etiquetados como mezcal que eran principalmente aguardientes de caña de baja calidad y muy altos en metanoles. Lo mismo pasaba hace décadas con el Tequila. Afortunadamente es una práctica ahora ilegal y muy a la baja. Lo malo es que buena parte de los mezcales llamados “artesanales” (término que no me convence) no tienen certificada su denominación de origen, precisamente por eso, porque es fabricado por familias de campesinos en comunidades muchas veces aisladas o por lo menos sin las oficinas burocráticas necesarias para realizar los trámites. Aún así, pueden ser excelentes productos que respetan el proceso sin rebajar o mezclar la ya dijimos, espirituosa bebida.

Agitar la botella para checar el perlado y la consistencia, que debe ser abundante el primero y espeso el segundo al pegarse en las paredes de cristal, ayuda distinguir los de buena calidad. El olor es importante, desconfía de los muy perfumados, y rechaza los que de plano huelen a caña (un olor parecido al de un ron agrio), de plano son de aguardiente. El color, los trasparentes aseguran pureza, no deben contener sólidos, y no fueron reposados en madera. Aquellos que pasaron por barricas, habrán de contener un sabor ligeramente dulce y con notas de madera. Obvio, los industrializados de grande marcas corporativas que quieren encandilarte con supuestos cocteles están fuera de toda consideración.

Desgraciadamente, la mayoría de los que nos llegan a la capital son caros, en especial los de marcas que ya se han ganado cierto prestigio, pero en sus estado de origen, como Guerrero, Oaxaca o Zacatecas, se encuentran verdaderas joyas sin etiqueta a precios increíbles.

Ahora viene lo bueno. ¿Cómo disfrutar el mezcal? Si lo que quieres es ponerte una peda de spring breaker gringo, la verdad, no desperdicies este querido jugo. No es para echarse shots de hidalgo, ni mezclarlo con sprite. Yo sinceramente creo que es una bebida esencialmente, para platicar con los amigos, en segundo término, es una muy particular agüita para pensar.

Uno de los momentos en que más he disfrutado del mezcal es bajo el calor de las playas del pacífico, con una cerveza fría como chaser. La botella se va vaciando a lo largo de la tarde mientras que la plática avanza y el calor con el bochorno se va borrando conforme tu sangre se aligera.

Otra forma de disfrutar el mezcal es evidentemente comiendo. Por alguna extraña razón algunos establecimientos no ponen la importancia necesaria al maridaje del mezcal, o las cervezas de autor, con el alimento. No estoy peleado con las quesadillitas o sopecitos caseros, pero para hacerle honor a un buen mezcal hay que marinarlo con alimentos a la altura de la bebida. Si me van a ofrecer quesadillas que sean echas a mano de buena masa y queso o huitlacoche que se derritan en mi paladar. No sólo de chapulines vive el hombre, disfrutar de un buen mole, con su arroz rojo y tamalito de frijol, es ideal para degustar buenos mezcales. De ahí pasamos a lo evidente, es una bebida de festejos. Ahí donde ya nos hemos tomado la molestia en el banquete, pues no debe faltar un buen mezcal.

Todo esto sin convertirlo en una bebida “seria”. Su carácter informal es precisamente lo que permite disfrutarlo entre amigos, en grupo, sentir ese calorcito en el rostro, permitir que nuestros ojos se pongan risueños y que los lazos se reafirmen durante una larga sobremesa.

Es una bebida de diurna, de charla, no de borrachera loca. Sin embargo para los fríos nocturnos de invierno, nada como un mezcalito para entrar en calor.

¿Se debe mezclar? La verdad no soy muy fanático, y la mayoría de cocteles a base de mezcal no me agradan, se pierde la esencia de la bebida, que es su sabor. Sin embargo en algunos lugares me han logrado sorprender con combinaciones cítricas harto refrescantes. Apunto aquí el Montes en la plaza de las Cibeles de la colonia Roma, en México D.F.

Gusto esencialmente de los provenientes de Guerrero y Oaxaca. No me he internado a fondo en los que provienen del norte del país pero estoy consciente de que hay algunos muy buenos, especialmente aquellos de zonas desérticas con notas minerales, al igual que los vinos, por ejemplo.

De los que nos venden a los chilangos hay varios, muchos de aparición muy reciente que juntos crean una especie de “nueva ola” del mezcal.

Disfruto mucho evidentemente el Danzantes, joven y reposado. De los mezcales de leyenda procuro siempre tener Nahuyaca, muy suave, ligerito. De tiempo para acá me gusta mucho el Unión, también suave, con poca graduación alcohólica y gentil al otro día. Un amigo me regaló un San Honesto, me gustó su sabor ahumado, desgraciadamente no lo he podido conseguir por mi cuenta. El Delirio hace honor a su nombre y los Alipuses en general son cumplidores, así como el Enmascarado rudo y técnico. En Peces de la colonia Roma probé el Alzado, me encantó, incluyendo uno verde con Damiana. Otros muy curiosos pero no fáciles de conseguir son Qué Dios nos perdone (existe el de 75% hecho de puntas de maguey), Buen Viaje (que vende de puerta en puerta un italiano) y uno que si no me equivoco se llama Rojo Corazón, con cochinilla que lo tiñe de ese color, próximamente de moda en la Condesa.

Los establecimientos a la mano para degustar son La Clandestina. Vayan de día a porbar su larga carta y diferenciar uno de otros, para así adentrarse lentamente en ese gusto culpable que es tomar mezcal. Sólo hay tortas y botanas tipo cazares, divertido pero insuficiente para la calidad de mezcales que trabajan. También de noche me incomoda, las aglomeraciones de hipsters no las creo adecuadas para la plática fraterna. El Mayahuel y Los Danzantes en Coyacán tienen la enorme ventaja de su cocina. Tienen cartas de catas que te permiten probar los productos de diferentes zonas geográficas de la República, todo acompañado de comida deliciosa. Uf.

La Botica, sinceramente no me gusta, sin comentarios. La Nacional me gusta para comprar botellas y llevarlas a mi casa, al igual que La Urbana, a pesar del entusiasmo de sus dueños, el servicio y cocina irregulares espantan para probar la enorme variedad de su oferta.

Por último y como siempre, la mejor recomendación es probar y forjarse cada quien su propia opinión.

Salud.